Arrancamos este recorrido en Tokio, porque lo que está pasando en el Museo de Arte Mori es, francamente, de otro nivel. Resulta que la reconocida artista Mariko Mori vuelve a jugar de local con una muestra monumental después de 24 años de ausencia; para que se hagan una idea, la última vez que hizo algo de este calibre en Japón fue con “Pure Land” allá por el 2002. Esta nueva exposición, bautizada “Mariko Mori: Sansan”, cuenta con el espaldarazo de la Fundación Solomon R. Guggenheim de Nueva York y nos despliega unas 40 obras que resumen más de tres décadas de pura exploración artística.
Para los que no la tienen en el radar, Mori reventó la escena a mediados de los 90 con su serie “Cyborg”. En esa época, la mujer se metía en la piel de una entidad poshumana, mezclando la estética del anime, los videojuegos, el cosplay y la moda en pleno asfalto urbano. Pero la cabeza de esta artista no se quedó quieta ahí. Su interés mutó desde esa visión de la cultura pop y el género hacia algo mucho más denso, cuestionándose la vida, la muerte y el cosmos desde la óptica del budismo. Y así terminó armando unas instalaciones interactivas gigantescas que lo dejan a uno experimentando algo muy parecido a la idea del Nirvana.
Esa fijación por mostrar el ciclo de la vida y la muerte se nota de formas muy distintas en cada pieza. La serie “Esoteric Cosmos” (1996-1998) es una belleza visual donde ella misma se deifica, posando sobre fondos de paisajes recónditos y arte budista. O pillemos “Link” (2000), una videoinstalación donde se le ve acostada dentro de una cápsula de acrílico transparente, proyectando encima 13 paisajes icónicos del mundo entero para hacernos sentir ese tiempo circular que plantea el budismo.
Aunque el plato fuerte es, sin duda, la integración con la tecnología. La obra “Wave UFO” (1999-2002) es una locura: literalmente uno se mete en un pod (una cápsula que imita un magatama, esa joya curva milenaria) y la tecnología hace lo suyo, fusionando tus ondas cerebrales con las de los demás espectadores para proyectarlas ahí mismo en video. Es la materialización de lo que Mori llama “Oneness”, esa conexión absoluta de toda la humanidad. Y si eso no los despeluca, está “Tomna Huri” (2006), una obra inspirada en los ritos celtas de reencarnación que coge datos en tiempo real de los observatorios de la Universidad de Tokio y convierte los esquivos neutrinos de las supernovas en destellos de luz. Hasta un guiño a los mitos japoneses hay con la instalación “O-yashiro” (2025).
Coordenadas en Tokio La exposición va del 31 de octubre de 2026 al 28 de marzo de 2027 en el Museo de Arte Mori (Piso 53 de la Roppongi Hills Mori Tower, Tokio). Abren derecho todos los días de 10:00 a 22:00, aunque los martes cierran a las 17:00 (con un par de excepciones en festivos como el 3 de noviembre y el 23 de febrero, que van hasta más tarde). Entrar cuesta 2,600 yenes online para adultos entre semana y 2,800 los findes (hay descuentos para estudiantes y personas mayores, y los pelados de secundaria para abajo no pagan). Toca reservar por franjas horarias, y ojo, meterse al “Wave UFO” tiene costo extra y cupo limitadísimo que se reserva aparte.
El peso de los clásicos en Osaka
Si el futurismo y la tecnología los satura un poco, bajemos las revoluciones y vámonos para Izumi, en Osaka. Con la excusa de celebrar los 70 años de la ciudad, el Museo Conmemorativo de Artes de Kuboso está haciendo una jugada inédita. Este lugar, que históricamente ha sido un peso pesado en arte antiguo oriental, decidió sacar absolutamente toda su artillería occidental de un solo golpe.
Desde que abrieron su ala nueva en 1997, son de los pocos parches en Osaka donde uno puede ir a ver pintura europea con calma durante todo el año. Pero ahora, por primera vez, colgaron toda su colección (incluyendo las obras en depósito) para que la gente se dé un banquete visual. Es la oportunidad perfecta para pararse frente a los lienzos de Monet, Renoir y Van Gogh. Un contraste bravo, pero necesario para entender que el circuito de arte japonés sabe cuidar muy bien a los maestros europeos.
La ruta del mar: Kobe y el Mar Interior de Seto
Y ya que agarramos hacia el occidente, la brisa del mar nos pide otro tipo de plan. Hay una ruta de arte y arquitectura bordeando el agua en el oeste de Japón que es una verdadera nota. El punto de partida obligado es el Museo Prefectural de Arte de Hyogo en Kobe. Esta mole inmensa de 27,500 metros cuadrados, diseñada por el arquitecto estrella Tadao Ando, se inauguró en 2002 en el área de HAT Kobe como un símbolo de que la cultura renacía tras el terremoto.
Las tres terrazas gigantes del museo se asoman de frente a la bahía de Kobe. Caminar por el museo y luego perderse por el inmenso parque “Nagisa” que está pegado, topándose con esculturas públicas de Kohei Nawa o Atsuhiko Misawa frente al mar, es una experiencia que le cuadra la mente a cualquiera. (Están en 1-1-1 Wakinohamakaigandori, abren de 10:00 a 18:00 y descansan los lunes).
Saltando a las islas del Mar Interior de Seto, caemos en Naoshima, la meca indiscutible de esta movida. Acá Tadao Ando vuelve a hacer de las suyas con el Museo Lee Ufan. Tienen que pararse frente a “Puerta al Infinito” (2019): una placa de acero inoxidable de 25 metros de largo y un arco monumental custodiado por dos piedras naturales inmensas que te conectan de un tajo con el horizonte. Además, recién salidito del horno, en mayo de 2025 inauguraron el Nuevo Museo de Arte de Naoshima. Un edificio metido en una colina, con un techo inmenso que sigue la curva de la montaña, donde uno puede sentarse en el “&CAFE” a tomarse algo mientras domina el mar con la mirada.
Para rematar el viaje, la dupla de Inujima y Teshima no tiene pierde. En Inujima agarraron las ruinas de una vieja refinería de cobre y montaron el Museo de Arte Seirensho. El arquitecto Hiroshi Sambuichi aplicó pura lógica pura: cero impacto ambiental, aprovechando la luz solar, la geotermia y hasta las chimeneas y ladrillos viejos del lugar. Adentro te espera “Hero Dry Cell” (2008) de Yukinori Yanagi, una obra inspirada en Yukio Mishima que te pega una buena sacudida sobre lo que costó la modernización de Japón.
Finalmente, en Teshima está ese museo famosísimo diseñado por Ryue Nishizawa que parece una gota de agua a punto de escurrirse. Está clavado en unas terrazas de arroz que la misma comunidad ayudó a recuperar. Uno entra y lo único que hay es la obra “Matriz” (2010) de Rei Naito. No hay cuadros, no hay explicaciones largas. Solo un espacio abierto donde el agua brota sutilmente del suelo y el viento hace eco. Una forma de cerrar este viaje volviendo a lo más esencial.


