Basta con darle una mirada a la selección fotográfica de The Associated Press de mediados de junio de 2026 para entender lo rápido que gira este mundo y los contrastes tan absurdos que nos tira a la cara. En una misma jornada te encuentras con una imagen cruda de una niña en Halta, al sur del Líbano, mirando fijamente un dron israelí que le zumba en la cabeza mientras su hermano revisa el tanque de agua de la familia. Y casi en paralelo, la lente nos transporta al jardín sur de la Casa Blanca, donde el presidente Donald Trump observa una pelea de peso pluma entre Diego Lopez y Steve Garcia durante el UFC Freedom 250, todo esto mientras a unas cuadras, en Lafayette Square, un grupo de manifestantes arma un mitin previo al evento.
Los fotoperiodistas detrás de estas imágenes capturan realidades que no dan espera. Pasan de la elegancia de los estudiantes bailando un vals en el “Baile de Debutantes” en el Museo Etnográfico Ruso de San Petersburgo, a la vibrante inauguración del Festival de Arte en Denpasar, Indonesia. Documentan el dolor de los palestinos limpiando escombros tras un ataque aéreo en el campo de refugiados de al-Maghazi en la Franja de Gaza, y la tensión de los gases lacrimógenos dispersando la protesta “No G7” en Ginebra. Incluso atrapan la euforia pura: desde un desfile del Día Nacional de Puerto Rico en Nueva York o los reyes Carlos III y Camila saludando desde su carruaje en Londres, hasta el salto monumental del estadounidense Alex Freeman sobre el paraguayo Antonio Sanabria en el Mundial y la locura de los hinchas de los Knicks celebrando el quinto juego de las finales de la NBA contra los Spurs.
Viendo la destreza de esta gente para congelar el momento exacto, uno entiende que en el fotoperiodismo la agilidad lo es todo. No tienen tiempo para dudar. Y la plena es que, al observar esa capacidad de reacción, me puse a pensar en mi propia terquedad y en por qué dejé de sacar a pasear cada maldito lente que tengo cuando hago fotografía de paisaje.
La falsa seguridad de cargar con todo
Hubo una época en la que yo juraba que estar “preparado” para salir a hacer fotos de paisajes significaba echarme encima todo el equipo posible. Si me iba a cazar un amanecer, empacaba para cualquier escenario que se me cruzara por la cabeza: una colección de lentes, un batallón de filtros, accesorios de repuesto, baterías extra, kits de limpieza, dos cuerpos de cámara por si las moscas, un trípode que pesaba un demonio y cualquier otra bobada que tal vez pudiera servir. Me metía el cuento de que era lo lógico; no quería perder la oportunidad de mi vida solo por haber dejado un aparato en la casa. Pero la cruda verdad es que lo único que estaba haciendo era complicarme la vida sin necesidad. Me estaba encartando solo.
El punto de quiebre me llegó durante unas caminatas donde me di cuenta de que llegaba a las locaciones ya mamado, sin siquiera haber sacado la cámara de la maleta. Me acuerdo de unas rutas por la costa irlandesa donde mi mochila parecía más de una expedición militar que de una salida a tomar fotos. En vez de gozarme el proceso de leer el paisaje y sentir la escena, me distraía el dolor de hombros, perdía un tiempo valiosísimo cambiando equipos y tomaba un montón de micro-decisiones que, al final del día, ni siquiera mejoraban la foto.
Creo que la mayoría de los fotógrafos de paisaje pasamos por esa fase de creer que más equipo es igual a más oportunidades. En el papel suena una berraquera. Llevas un gran angular para atrapar escenas enormes, un teleobjetivo para comprimir los planos, un lente fijo para asegurar una nitidez brutal, varios filtros de densidad neutra y polarizadores para jugar con la luz, de pronto un dron, y los repuestos de todo por si algo saca la mano. El lío es que, cuando te echas todo ese muerto a la espalda, las desventajas se tragan a los beneficios rapidito.
Menos cachivaches, más visión
La fatiga te nubla el criterio. Eso pesa mucho más de lo que la gente cree, porque la fotografía de paisaje, al igual que cubrir una protesta en Ginebra o un partido del Mundial, exige paciencia, movimiento y saber reaccionar a condiciones que cambian en un parpadeo. Cuando estás cansado, dejas de explorar bien el terreno. Te da pereza buscar un mejor ángulo y terminas conformándote con la primera composición que medio funciona, simplemente porque no te da la gana de seguir caminando con semejante ancla en la espalda.
También empecé a notar que me estaba volviendo lentísimo. Llegaba al lugar y, en lugar de conectarme con el entorno, mi cabeza se ponía a armar un rompecabezas técnico: ¿tiro con el 16-35mm o le meto el 24-70mm? ¿Será que el polarizador ayuda aquí o mejor clavo el filtro ND? ¿Comprimo la escena con el teleobjetivo?
Con el tiempo, empecé a dejar las cosas en casa y a limpiar mi kit. Y lo que me dejó frío fue ver que mi fotografía realmente mejoró gracias a eso. Viajar más ligero me obligó a pensar de forma más creativa, a moverme con propósito y a simplificar mi flujo de trabajo. En lugar de gastar pólvora en gallinazos decidiendo entre cinco cristales distintos, empecé a enfocarme de verdad en lo que importa: la composición, la luz y el momento oportuno. Aligerar la carga, irónicamente, hizo que volviera a disfrutar el simple hecho de hacer fotografías.

