Nunca he sido un hombre afortunado con el dinero, y con el cambio, menos,
sobre todo ahora. Antes de que el mundo se virtualizara, pesaba unos cinco
kilos más de los que peso actualmente. Era un imán para el cambio, a tal punto
que las bolsas de mis pantalones se ensanchaban de monedas hasta quedar como
los de MC Hammer o Vanilla Ice. Sin embargo, las cosas han cambiado gracias a
las bondadosas empresas e instituciones que todos los días me piden que done
uno, dos, cinco o diez pesos, so pena de quedar en vergüenza delante del resto
de la fila de clientes en minisúpers, supermercados, cajeros automáticos,
etcétera.
Habrán notado que prácticamente no existe empresa en el mercado que no
esté afiliada a alguna causa altruista. “Dona para combatir el cáncer de mama
en los koalas”, “Dona para reforestar los bosques de Madagascar” “Dona para….
Etcétera”. Desde luego, más de uno saltará indignado para decir que esas son
causas muy nobles e importantes, o que tales causas no existen en la vida real.
En cualquiera de los casos lo cierto es que todos los días millones de personas
han sido condicionadas y aleccionadas para donar por costumbre, sin detenerse a
pensar a quiénes están ayudando.
<>, pensamos. <>, decimos orgullosos de nosotros mismos y
seguros de que San Pedro está tomando nota en su laptop celestial mientras en
algún recóndito resquicio del mundo los eufóricos koalas con cáncer de mama nos
lo agradecen, aunque claro, no tanto como las empresas que gracias a nuestros
donativos pueden evadir impuestos por la vía legal, ya que ante el gobierno
ellos son los buenos samaritanos.
Todo esto viene a cuento porque pensé que los más perjudicados con las
nuevas donaciones eran nuestros bolsillos, sin embargo, recién descubrí el
error en el que me encontraba. Ante esta avalancha de empresas caritativas hay
una, la más caritativa de todas, que está pagando las consecuencias. Antes de
que las empresas privadas descubrieran que las colectas son una magnifica
fuente de riqueza, la iglesia católica era quien se encargaba de quitarnos
nuestros pesos de encima, tanto morales como económicos. Ante esta situación,
la Iglesia ha implementado medidas correctivas, aunque claro, no todas han
tenido el éxito esperado.
Recuerdo, por ejemplo, lo que ocurrió en fechas recientes en la iglesia
Maria Inmaculada, en mi ciudad natal, Mérida. El padre, cuyo nombre evitaré
mencionar para que no amenace de nuevo a mamá, convertido en una especie de
Chris Rock blanco con sotana (de alguna manera había que entretener a la
clientela para que no se durmieran durante los evangelios) decidió organizar
una rifa de pasteles. Todos los presentes se vieron en la obligación moral de
comprar un boleto. Terminada la misa, el sacerdote pidió que un voluntario
pasara al frente y con su mano santa sacara los boletos ganadores de la urna.
La mano santa resultó ser la de una dama de considerables dimensiones, lo cual
presentó al sacerdote la oportunidad dorada para decir el chiste del año:
-Uy, olviden la rifa, esta niña ya se comió todos los pasteles.
Los presentes no supieron si reír o indignarse; luego de unos segundos
optaron por la primera opción, pues no podía ser pecado reírse de la
humillación ajena, no si el culpable había sido un representante de Dios en la
Tierra.
Desde luego, las rifas no fueron lo que la Iglesia esperaba, así que su
más genial y último invento para recaudar fondos es el siguiente, y lo sé
porque yo protagonicé esta historia, palabra.
Caminaba por el malecón de Campeche como cualquier noche de domingo
cuando fui abordado por un nutrido grupo de jovencitos que llevaban pancartas
con la leyenda: “Colabora con la Iglesia.
Besos y abrazos, lo que tu consciencia quiera dar”.
Al leer esto me quedó claro que la Iglesia finalmente se había dado por
enterada que las cosas no son como antes, así que se modernizaron, es decir,
empezaron a darnos algo a cambio de nuestro dinero.
-¿Besos y abrazos? –pregunté interesado, y no lo niego (Dios me mande al
Infierno, lo merezco) pues las chicas estaban muy bien formadas para ser unas
adolescentes.
-Así es, besos y abrazos –dijo una señora, la única mayor de edad que
orquestaba la amorosa comitiva.
-¿Qué tan cariñosos son los besos? –pregunté arriesgando que mi alma se
achicharrara en el Infierno por toda la eternidad.
-Muy tiernos, todo depende de tu donación –dijo la señora con el rostro
imperturbable y digno de quien ha escuchado la misma pregunta una y otra vez
cuan largo es el malecón; sin embargo, no por ello quitó la sonrisa de sus
labios.
-Caramba, ¿así la cosa? –dije.
-Así la cosa –dijo ella señalándome a las chicas que se ponían en hilera
en poses de edecanes de cerveza.
-Oiga, ¿y los chicos vienen con usted también? –pregunté señalando a
unos jovencitos que se alinearon junto a las chicas en poses igualmente
sugerentes.
-Desde luego –respondió la señora arqueando una ceja.
Como la negociación empezó a tomar tintes incómodos, decidí ir un paso
más allá y convertirla en insostenible para poder seguir con mi caminata sin
desembolsar un solo peso por el servicio que me ofrecían.
-Oiga, y si mis preferencias son… –dije intentando encontrar las palabra
adecuadas- usted sabe, un poco más varoniles, es decir, si yo….
-Óigame usted –me interrumpió la señora-, ¿por qué cree que están los
chicos aquí?
Acto seguido, muy indignada, la señora se dio media vuelta y se marchó
junto con los adolescentes a donde estaba la verdadera acción, es decir, dentro
de una camioneta tripulada por unos viejos con gafas oscuras y gorras que les
cubrían el rostro de los poderosos rayos lunares de la negra noche.