Muerto el niño, tapado el pozo”…
es una frase que se refiere al escaso o nulo comportamiento preventivo que
tenemos en cuanto a precaución de catástrofes. La mayoría pensamos que si no ha
sucedido nada bajo la premisa de un descuido no sucederá jamás; sin embargo
cuando “estalla la desgracia” queremos poner al mundo al revés, encontrar
culpables, explicar los mecanismos de desarrollo de tal suceso y empezar recién
a tomar medidas profilácticas. La explicación a esto -que no es del todo
absurda- es que no somos adivinos y por lo tanto no podemos conocer con certeza
los sucesos del futuro; pero se debe considerar la situación que implícitamente
sabemos cuando se está haciendo algo sin todos los protocolos reglamentarios.
La vida es un azar y hasta la ciencia -con su obsesión por explicarlo todo- ha
aceptado que existen fenómenos imprevisibles, inefables, que tal vez se
pudiesen explicar después con el avance de la tecnología y la innovación de los
paradigmas ideológicos de la humanidad. Se dice también que muchas tragedias se
hubieran evitado si el hombre no sería tan testarudo con sus pensamientos o
hechos; es característico escuchar después de la calamidad una voz que dice:
“te lo dije pero no obedeciste”. No se sabe con certeza por ejemplo si la
hecatombe del SIDA se hubiese evitado con el uso obligado del preservativo y
con abolir la promiscuidad sexual; si las muertes por infecciones quirúrgicas o
intrahospitalarias no se habrían producido si antes se hubiesen utilizado
antibióticos -como ahora, aunque tampoco estamos libres de estos males-; si no
se elegirían a determinados gobiernos se evitaría la corrupción, la demagogia y
la pobreza de los pueblos. Ahora, después de los múltiples accidentes aéreos y
de tránsito se pretende intensificar la revisión de los vehículos, capacitar a
los conductores, sancionar el uso de alcohol o evitar conducir en estados de
cansancio físico o mental; sin embargo, mientras tanto las catástrofes
continuarán produciéndose porque los seres humanos si bien sabemos que vamos a
morir o a sentir dolor algún día, no estamos preparados para ello y pensamos
que no nos lo sucederá a nosotros. Somos innatamente desobedientes, queremos
probar por nosotros mismos las consecuencias de nuestras acciones; no nos ha
servido de lección el primer acto de desobediencia de Adán y Eva a Dios, quien
a pesar de haberles advertido que no comieran del “Árbol del bien y del mal”,
ellos lo hicieron y recibieron el castigo que conocían de antemano.