A poco de iniciarse un nuevo ciclo escolar y de que
la Asamblea Nacional se reintegre a sus labores para tratar leyes pendientes y
de profunda repercusión social, como la Ley de Educación, es conveniente
referirse a temas transcendentales que lleven a discusiones sensatas y
ecuánimes, capaces de que se acoplen a la sociedad y culturas ecuatorianas.
Dentro de los puntos por tratarse, con seguridad estará el del laicismo y la
religión.
Como narra la historia, fue don Eloy Alfaro el
único presidente revolucionario que ha tenido el Ecuador hasta la fecha. En su
administración se decretó el laicismo en la educación, pero quizá ni su
gobierno fue radical, en el sentido de garantizar la total separación entre el
Estado y cualquier tipo de confesión religiosa.
El laicismo, en la medida que
exista, solo puede ser radical, pues ha de garantizar la absoluta
separaciónentre el Estado y cualquier
tipo de confesión religiosa, por mayoritaria que sea, en la sociedad a la que
representa. El laicismo de nuestros gobernantes está lejos de ser radical, al
punto de permitir y promover la presencia de toda clase de símbolos, ritos y
actos litúrgicos católicos en funciones estrictamente civiles, como en las
tomas de posesión, en las celebraciones magnas de la Patria, etc.
Muchos laicistas a ultranza (el laicismo de hecho
es fundamentalista, pero sirva el pleonasmo) creen que estos hechos son más
perniciosos incluso que la financiación con dinero público de las confesiones
religiosas porque transmiten un constante mensaje de la supuesta fe del Estado;
pero tal posición reniega del hecho cultural de los pueblos, de su construcción
que nadie puede sabotearla menos impedirla.
A esto hay que agregar otro
elemento importante: la enseñanza de la espiritualidad, que al margen de las
particularidades de las religiones, está el hecho de alimentarse de la ciencia
de la transformación interior, que es la que inspira a todo hombre en su
intento de definir una nueva perspectiva de espiritualidad individual, que se
caracteriza por la independencia y por dar respuesta a los desafíos de la vida
contemporánea.
Asistimos al mundo mcluhaniano, es decir a la aldea
global y multicultural, en donde las religiones sirven de excusa o aval para
cualquier cosa, por eso mismo el debate ha de ser pertinente y apasionante. Los
Estados modernos no reniegan de la participación del clero en la educación
menos de la educación religiosa en cualquier institución, pero claro, de la
enseñanza y la educación y no del fanatismo.