Para la mujer que vive en el campo el trabajo es arduo y silencioso.
Esposa, madre, obrera, amiga, cómplice, compañera son adjetivos que engalanan todos
los días de tu existencia.
Es de rostro trigueño, mirada
vivaz, sonrisa jovial, manos menudas, dedos y uñas manchados por el bendito
color de la tierra, su cabello negro deja ver canas blancas que cubren su cabeza
como sinónimo de la experiencia de la vida, cuyo lenguaje mudo nos habla
celosamente que en ella los años no pasaron en vano, las arrugas en su cara y
brazos reflejan la constancia, la superación por ser cada día mejor, útil en el
hogar y en la misma sociedad, en su comuna. Así es María Santos Muñoz Vélez
quien a sus 67 años irradia energía positiva, el gusto por vivir feliz cada
momento pese a las dificultades y el amor al trabajo lo heredo de sus padres
expresa.
A los 24 años contrajo matrimonio
con Luis Alberto Muñoz con quien procreó 12 hijos, ocho fallecieron no por
descuido, los niños enfermaron se requería los remedios de botica y un médico que
estaban a varios kilómetros de distancia, a veces los caminos eran de
herradura, en ocasiones había que trasladarse a caballo. El tiempo y la
distancia fueron de cierto modo culpables para que los niños fallezcan sin
encontrar la cura para sanar las enfermedades. Quedaron 4, tres varones y una
mujer, dos están fuera de casa viven en Quito y Guayaquil. Es abuela de seis nietos
varones, 45 años de matrimonio, el secreto para mantener vivo el amor en la
pareja es no darle hilo a la discusión cuando el compañero está enfadado, “prefiero
callar, para una pelea se necesita dos personas yo me retiro, le dejo que hable
solo” comenta en tono sonriente.
Asegura sentirse fastidiada
cuando no existe que hacer en casa, y es que en el campo hay mucho por construir,
en el hogar, en la tierra de cultivo. En las horas libres desde muy joven hasta
ahora teje el sombrero de paja toquilla, terminaba cuatro a la semana tenía
asegurado 20 sucres para comprar los alimentos básicos; su esposo laboraba en
la costa mientras en su comuna ella vivía sola, en muchas ocasiones se traslado
con sus hijos a Guayaquil para ayudar al esposo que administraba una tienda,
allí el trabajo fue una constante donde también le ponía la pimenta de alegría nos
dice con poco acento de costeña que aún le queda a Doña María.
Actividad laboral.
La hora habitual para levantarse es
a las 5 de la mañana preparaba el café sostenido para enviar a los niños a la
escuela que estaba a un kilómetro de la casa, a las 6 partían al estudio, a las
8 horas sacaba los animales a la pradera, luego a tejer el sobrero,
seguidamente a limpiar la casa, lavar la ropa, cambiar los animales de lugar. A
las 12 en punto el almuerzo debía estar listo, en la mesa estaba ella y sus
hijos cuando Luis Alberto permanecía en Guayaquil.
Después lavar los enceres de
cocina, actividad que era compartida con los niños a las cuatro había que traer
los animales, a las cinco buscar los alimentos para preparar la merienda, a las
8 de la noche toda la familia estaba en cama hasta las cinco de la mañana que
comenzaba una nueva jornada.
Cuando su esposo estaba en casa
había que trabajar en el campo en la siembra del maíz, “él manejaba la yunta yo
sembraba el grano en el surco que deja el arado” expresa. Hasta el año 70 la
familia utilizó linternas para iluminar la oscuridad en los cuartos de la casa,
después el cambio fue total ya se disponía de luz eléctrica fue toda una
felicidad en los miembros comenta muy alegre.
Su lema.
Doña María guarda el lema de ser
una persona comunitaria, sin egoísmo para compartir con los demás. La ardua y
tenaz actividad que a su edad lo mantiene como vivo ejemplo para sus nietos se
da tiempo para trabajar en bien de la comunidad. En estos días en colaboración
de sus hijos y amigos pinta el local en honor a Cristo del Consuelo como
preparativos para las fiestas de mayo, ubicado en el mirador Santa María de
Llacao.
El plato preferido como buena serrana es el cuy
con papas, las coles, frijoles, la carne de chancho. El 8 de marzo no debe ser
solo un día para recordar los derechos de las mujeres, sino un espacio para
hacerles saber a los hombres que por nosotras se mueven y existen. Hace un
llamado a la mujer de hoy a creer en el matrimonio que es sinónimo de felicidad
a valorarse como mujeres con derechos y obligaciones para trabajar en el hogar
y en la sociedad. (JSP)